Hoy tengo el agrado de recomendarles una novela sin fisuras, de discurso fluido, con descripciones y metáforas muy interesantes: “Alguien está cortando cebollas en la tabla de mi corazón. Soy yo mismo y casi lo disfruto”.
La estética de la tapa al estilo Tim Burton, nos anticipa un relato de amor que trasciende la muerte, pero no la muerte como tal sino en sus múltiples variantes; final de un proceso, cambio, pasaje a otro estado, etc. El féretro compartido y esta novela son un portal que permiten vislumbrar la trascendencia y la superación de los cambios de la vida.
La relación amorosa fluctuante narrada en este libro sirvió como excusa de un relato que está lleno de anécdotas, de pensamientos y de la subjetividad del autor exhibida a flor de piel: “como alejarme para ver claramente si hoy mi corazón es un hierro candente que puede marcar mil páginas antes de ser recalentado”. Sebastián construye un mundo propio, es capaz de develarnos a través de su cuerpo y sus visiones, cómo los cambios, la perdidas familiares, las separaciones, crecer y ser adulto son solo procesos vitales que a pesar de todo forman parte de lo que uno es, del “drama” propio, de ahí la cita de Henrry Miller que da inicio al libro: …“el drama siempre va a ser la vida de cada uno y no la de otro. Un hermoso, terrible, ineluctable drama, como un traje hecho de nuestra propia piel…” La vida es presentada en esta novela como un cúmulo de situaciones en cambio constante, donde todo termina y a la vez vuelve a empezar, de una u otra manera, el ocaso de las cosas nunca es definitivo: “Un canto en voz baja hoy. Un grito mañana, tal vez, cuando mis huesos empiecen a perder memoria de aquello que fue mi carne. Y fin. Y todas las ganas de traicionar este fin. Y este nuevo comienzo que al fin y al cabo no es mas que otro final”. La situación con Salvia (su novia) está hecha de rupturas y reencuentros, el tiempo se las ingenia para hacer de sus rupturas algo frágil. Otro ejemplo de esa idea de los finales que no lo son “porque estamos hechos de tantos finales” es la separación de los padres de Sebastián que no es separación del todo porque la madre continúa enamorada, a pesar de que el padre la haya olvidado. Este amor no correspondido genera en Sebastián y su hermana, una situación que no concluye, porque el deseo de ella está siempre presente. Otro es la muerte de los abuelos que a pesar de la muerte continúan formando parte de la vida del personaje, porque él vive en la casa de ellos, entre sus cosas cargadas de pasado y recuerdos.
La novela Féretro para dos está construida desde lo autobiográfico, el autor es un artista joven que frecuenta lugares habituales, esta muy cerca de la realidad y la vive tratando de sobrevivir. Como todos los jóvenes artistas recibe acusaciones de este tipo:
“-yo trabajo todo el día y vos te quedas en tu casa, rascándote el oboe en el sofá (oboe sonaba mucho mas poético que higo, como un ángel que tocara este instrumento y que no es mas que una prolongación de su cuerpo)”
El lenguaje está muy bien trabajado, tanto que por momentos queda en segundo plano, no se esfuerza por decir, sólo dice. Es un discurso fluido que articula muy bien entre sí las descripciones y las digresiones temporales y subjetivas de las que está cargada la narración. Generalmente en mis reseñas hago algunas criticas (constructivas, obvio) pero en este caso no hay critica para resaltar, es un libro cálido y crudo por momentos. Entretenido e interesante. Como obra no tiene falencias. No hay más que decir, solo, lean Féretro para dos:
“Una sobredosis de sensibilidad me había entumecido el corazón y lo sentía tan dormido como un brazo que estuvo toda la noche bajo el peso de mi cuerpo…no importa cuanto pegara pechazos contra la pared para despertarlo. La misma pared era otro hormiguero en ebullición.”
Si quieren visitar el sitio de Sebastián Lastra: http://sebastianpablolastra.blogspot.com/ Pueden conseguir sus libros en la Feria del libro Independiente o contactándose con el autor vía mail.
¡¡Aplausos para Sebastián lastra!! Arte, arte, arte libre para todo el mundo…
Luego de un año de idas y vueltas, de alguna que otra presentación pública y de lecturas personales a amigos con oídos pacientes, el sueño de un segundo libro hecho papel ya casi es una realidad... faltan apenas unos días... Agradezco a quienes me han hecho llegar comentarios via mail o que lo han hecho aquí mismo y me alientan a continuar con una de las cosas que más disfruto hacer en esta vida.
Entonces, aquí les dejo unos nuevos fragmentos aislados del libro...
Y vuelvo a vos mientras me siento al filo del cordón para observar cada adoquín como una revelación del pasado. Hay demasiadas cosas en la calle empedrada de mi cerebro. Debo ir soltándolas de a poco, una a la vez, caóticamente si es necesario ¿qué no lo es? Voy trazando mi propio mapa del tesoro para esconderlo bajo esa piedra suelta pero luego olvido cuál es y ya no tengo forma de encontrar mi botín, entonces no queda más remedio que aflojar todas las piedras y transformar esa calle en una calle de tierra y seguir cavando hasta el mismo centro del planeta, si es que hace falta.
Llegó otra idea vestida de calandria. No parece tener hambre sino que se me regala regurgitando una reserva del buche. Me escruta de reojo como lo hacen ciertos pájaros que parecen adivinar tus intenciones, estudiándote en un lapso de recreo antes de retornar a sus funciones. No me muevo, casi ni respiro y se queda más de la cuenta. Nos hipnotizamos mutuamente. Escucho un campanilleo y le cuento mi anécdota. Es mamá llamando a cenar, haciendo sonar una campanita de cerámica. Desde los once o doce años sólo puedo escucharla en mi memoria. ¡Qué alegre era! A comerrrrrrrrrrrrr, la r periódica y el olor de la cena. A veces la hacía sonar a propósito, a cualquier hora, y los jugos gástricos rebalsaban de emoción. Cada noche la campanita antecedía una sabrosa sorpresa. Hasta que dejó de sonar y mamá dejó de cocinarnos. Si no cocinaba para mi padre no tenía sentido cocinar para nadie más. Ni para mi hermana. Ni para mí. Ni para el gato. Recuerdo una tarde en particular. Eran las tres o las cuatro de la tarde y pasaba gran parte del día solo. No había ni en la alacena ni en la heladera absolutamente nada que pudiera comerse crudo y el gran problema estaba en que no sabía prender la hornalla y aún no había masticado bocado. No sabía usar el magiclick. No le encontraba la vuelta al abrelatas. Me ensaño con una lata de atún y otra de jardinera. Voy al galpón y encuentro un martillo y un cortafierros, pero termino haciendo un desastre. No me pueden ganar dos latas de mierda… Cruzo la calle desesperado y no con poca vergüenza le pido a una vecina que me las abra. Qué tonto. Parecía tan fácil... al menos en manos hábiles. Y ese fue el último día de mi vida como machista. Desde entonces había que cocinarse, que lavarse, que aprender a limpiarse el culo con el áspero papel de la vida. La calandria se identifica con mi historia y parece recordar el momento en que apenas era una vulva hambrienta. Bastaba con abrir el maxilar lo más tirante posible para que alguien te echara un bocado y enseguida se va volando dejando el vacío de su silueta.
Pocas moralejas me han sacado tanto de quicio como aquella de la cigarra y la hormiga. Desde niño siempre supe que mi destino era el de la cigarra. No había otra opción posible. Resistiría con todas mis fuerzas para no transformarme en una hormiga. O moriría en el intento. Me sublevaría contra todos aquellos que pretendieran mostrarme cómo mover las antenas. Cómo mirar al mundo con ojos que no me pertenecen. Como cargar tanta cantidad de veces mi propio peso. Reivindiqué la suerte de la cigarra. De todas las cigarras. Pensé muchas otras moralejas posibles en las que la cigarra resultaba triunfando. Lloré su muerte como lloraría la propia si pudiera hacerlo. ¿Qué digo? ¡La lloré como cada vez que he muerto. Como cada vez que me han matado. Como cada vez que me dejé morir. La hormiga es la sociedad. El egoísmo autómata. El reflejo condicionado. La previsión constante para los malos tiempos ¡Y todos son malos tiempos cuando te olvidás de disfrutar de vos mismo! Y todos son malos tiempos cuando no te detenés a preguntarte quién sos y cuál es tu misión (porque la tenés, aunque pretendás desentenderte de ella). Cuando tu vida se transformó en un recreo que dura muy poco. La hormiga es una puerta que se cierra. Que te deja morir de hambre y de frío en invierno. Es un “yo te avisé pero vos no quisiste escucharme, ahora atenete a las consecuencias”. Todos somos hormigas que atenazan sus propias migas individuales. Todos escondemos nuestro miedo en el recoveco más oscuro del hormiguero. Allí donde no pueda encontrarlo nadie más. Quizás ni siquiera nosotros mismos. Constituyamos ahora una hermosa sociedad de cigarras alegres, ociosas, despreocupadas. Cantemos toda la primavera, verano, otoño e invierno. Cantemos aunque no existan las estaciones y cantemos en las estaciones de todos los planetas. Cantemos aunque nuestras alas estén gastadas. ¿Qué es más fácil decirlo que hacerlo? (esa es la pregunta que te hará toda hormiga). Es fácil si empezás a hacerlo hoy. Si te echás panza arriba a gozar tu presente y entonar tu propia canción, aunque te hayan arrebatado todo el repertorio y debas empezar de nuevo ¿por qué las hormigas siguen siendo más y más poderosas? ¿Por qué tantas cigarras deben disfrazarse de hormiga? Echemos alcohol de quemar y un fósforo en la boca del hormiguero. Dejemos el suelo infecto y remontemos la rama más elevada. Y aunque apenas lleguemos a mitad del tronco, entonces esa será nuestra cima y al menos lo habremos intentado. Mientras tanto, no tendremos pocos problemas. Dalo por hecho.
No tengo dinero. El dinero es alérgico a mis manos. Mi billetera murió de inanición hace tiempo. La asesiné cuando quiso masticarme los documentos para tragarse el vapor adherido de un billete de dos pesos. Debería haber matado también mis documentos. Ni siquiera parezco ser el mismo de la foto y no me gusta deletrear ocho números después de mi nombre. Si me cayera muerto en este momento tendría que pagarle al piso en cuotas, flexibles, cómodas, es decir con intereses. Todo tiene un interés. La vida es una tabla de debe-haber. El saldo es la carta marcada para ganarte todas las partidas. El débito tu vida. Desde niños nos enseñan a manejar dinero, nos acostumbran a contarlo, a plancharlo, a cuidarlo, a ser responsables y no derrocharlo, a esconderlo en las medias, en las pelotas, en el corpiño, el mandado se premia con el vuelto y ojo no vayan a robarte. Andate con ojos en la nuca. Ponele un candado doble traba al bolsillo. Una clave de diez dígitos a la tranquilidad (porque nunca anduve tranquilo con dinero de sobra encima). El ratón Pérez es un usurero que vende dientes al triple de lo que los paga. Y pensar que me aflojaba los colmillos con una tenaza para que viniera más rápido y pudiera ser más rico al despertar. Un billete caliente bajo el plato de ñoquis. Ritual. Superstición. Superchería. Estampitas. Velas. Oraciones. Ruegos. Cintitas de colores. ¿Qué sería de todos los dioses si no se les pudiera pedir dinero? ¿Por qué la figura de la alcancía es un chancho, ese animal que podría deglutir sus propios huesos y los tuyos también? Te incluyo en mis tres deseos, justo después de amor y antes de salud. Soplo las velitas y te invoco en el humo. Te deseo a raudales a ráfagas y aludes, del piso al techo. Hasta que me tapes. Hasta que ya no pueda ni contarte. Nacer es dinero. Morir es dinero. Todos los días entre medio son dinero. ¡Y si no te gusta exiliate a Mercurio! Mientras tanto tendrás que seguir girando el rodillo y golpeándote las rodillas porque los limones nunca coinciden en la misma línea. El mundo para el que nos preparan puede ser todo lo poético que quieras, pero que sea con dinero. Sin dinero se acaba la poesía y no se llena la barriga. Sin dinero no podrás pagarte ni una buena siesta. La almohada te sacudirá la cabeza en la mejor parte, justo cuando tenías al sueño en ropa interior y con el sexo húmedo. ¿Por qué? ¿Por qué sigue siendo legal el dinero e ilegal cultivar una flor? La constitución es la más pura declaración de anticonstitucionalidad. Que no se nos pase la hora de ser consecuentes con nuestras propias leyes porque todas las que fueron inventadas nos presionan la nuca para que no levantemos la cabeza. Para que no podamos ver. Para que cuando se te contracture el cuello no preguntes porqué. Porque es más sencillo acostumbrarse a soportar la cefalea, las vértebras de nuestros deseos cotidianos herniados. Que las neuronas y todas las células forniquen salvajemente el sexo de las cavernas. Que se aflojen las arandelas. Quiero escuchar el respaldo golpear y los tirantes crujir contra las paredes de adentro de tu cuerpo.
Fragmentos extraídos del libro "Féretro para Dos", Sebastián Pablo Lastra 2008
Hoy les traigo un pequeño fragmento de mi segundo libro, próximo a salir de la imprenta en estos días...
Hace muchos días que no escribo una sola coma, demasiados como para rebobinar el almanaque y recordar dónde es que había quedado y cómo se supone que iba a continuar. El calendario de mi creación es vago e irregular y un sábado azul se echa a dormir sobre un domingo rojo mientras despierto a un lunes verde y le digo que es hora devolver a empezar. Agasajo mi ego con mates calientes y tortas fritas caseras y un paquete de cigarrillos listo para ser abierto y eso es más de lo que necesito para contar.
Mi razón es copiloto de mi corazón y ambos viajan a buena velocidad a través de mis días, hasta que el uno advierte demasiado tarde sobre una curva cerrada y poco prevista y el otro se ve obligado a clavar el freno de mano y volantear y mi vida es un auto loco que derrapa y queda de costado echando humo, fuera de carrera y con olor a neumático incendiado; en la pista circular de la existencia todo fin vuelve a ser comienzo.
Ya no quiero prometerle a mis promesas ni que me hinquen la cabeza para que las acaricie, esperando siempre la prorroga de un paseo.
Y en ese preciso momento todos los pensamientos que me esforcé en domar se entregan mansos a comer de mis neuronas. Todos los ríos violentos son calmos arroyos. La gota de una nueva idea hace plic en el agua de mi mente y sus esferas se expanden en mi conciencia. Escondo la cabeza bajo la almohada. No. Ahora no. Por favor. ¡Basta! Déjenme en paz. Junto piedras en mi cabeza y hago una barricada mental, pero el agua no se estanca, no se detiene, se filtra en nuevos hilos de ideas y cada pequeña piedra que muevo cambia el destino del cauce.
Ahora me estoy evaporando. Sobre mí flota una bruma espesa y el sol amenaza con dejarme seco.
Enciendo la luz en estado gaseoso y escribo esta nube, esta nube insignificante y desflecada teniendo un cielo por llenar… pero ya es algo mientras proyecto largarme a llover encima de tuyo.
Acompaño a mi madre a hacer los trámites a la funeraria. Son las seis de la mañana y hace frío mientras un empleado nos muestra una carpeta con varias opciones del servicio que ofrecen: coronas grandes, medianas y pequeñas, ramos y arreglos para todos los bolsillos, ornamentos, urnas, nichos, parcelas, libros de firmas, tarjeteros, grabado de placas, arte funerario: sagrarios, figuras de bronce, foto esmalte enlozada color o blanco y negro, etc, etc.
Me siento tan indeciso como si tuviera una carta ante mí, un menú con lista de bebidas, entrada, plato principal, parrilla, postres... y mi madre me consulta pero le respondo con la mirada ¿qué mierda estamos haciendo?
Dejamos de lado la cartilla y el mismo empleado nos conduce hasta un patiecito exterior. Subimos una angostísima y alta escalera de cemento y llegamos a una habitación iluminada por una lamparita desnuda.
También hay féretros para todas las economías: Los de la obra social del estado servían, según nos dijo el empleado, para los indigentes, para los muertos sin familiares que los reclamen. Mientras escucho estas palabras toco esa madera y noto que no hay demasiada diferencia con la de un cajón de manzanas astillado y me cruza por la mente la idea de que en un cementerio de animales en Pilar algún perro bienaventurado recibirá más digna sepultura que aquel mendigo que limosnea en la puerta de la iglesia local.
El resto seguía ordenado de menor a mayor según su valor, el tipo de madera, labrado, bisagras, manijas, ataúdes ecológicos, artesanales, laqueados, pintados a mano, elegantes diseños con cruces y cristos muertos más grandes y llamativos. El empleado espera de brazos cruzados pensando en la comisión que se llevará. La psicología del sepelio es la de siempre, hacerte sentir que cuanto más invertís más demostrás amar a tu ser perdido, y así todo funeral se transforma en una especie de ritual mafioso.
Optamos por el anteúltimo cuya madera parecía mejor que la de mi cama.
“¿Te parece que éste le habría gustado a la abuela?” –pregunta mi madre como si comprara una blusa de regalo. “Sí, me parece que está bien, elegilo si querés, parece de buena calidad”, cuando en realidad pensaba: “¿cómo es posible que alguien pueda pensar si va a gustarle su propio ataúd? ¿Cuál te gustaría a vos que estás leyendo?”
Estaba harto y quería salir de allí lo antes posible.
Es hora de entregar sus documentos cuando recuerdo que yo era su apoderado y en dos días debía cobrar el dinero de su pensión y que tal vez podríamos darlo por perdido o echar una corrida a la fotocopiadora de la esquina y realizar el trámite de todas maneras. Los muertos siguen viviendo cuando pueden proveer de un dinero.
Nada parecía haber cambiado en casi seis años, desde esa noche que velamos al abuelo en el mismo lugar: los mismos sillones de cuero marrón clarito, el frasco plástico de café instantáneo seco en el que metían sus cucharas los familiares de los velados, el mismo sueño conciente de que en realidad no estaba allí, mosquitos con mucha más sed que los de tu habitación y vigilantes con crema pastelera.
Ya es media mañana y apenas veo ingresar gente con cara de circunstancia; familiares o conocidos que nunca antes había visto y a los que les había chupado un huevo preocuparse por mi abuela en vida.
¿De qué se lamentaban estos malos actores empeñados en mostrarse afligidos? Todos parecían decir: “no te olvidés que vine a tu velorio cuando te toque ir al mío”.
Odiaba estas actitudes y yo mismo empezaba a caer en ellas. Avisé a muchos de mis amigos con tiempo suficiente pero no veía aparecer a ninguno de ellos y pongo en funcionamiento mi “amistómetro” y pienso en por qué no están ahí conmigo en ese momento. Estúpida tarea, por cierto.
Me acerco a la abuela por primera vez. Los curiosos se apartaron y el cajón quedó solo. Casi puedo escucharla pidiéndome agua como la madrugada anterior pero ahora las cosas habían cambiado. Las comisuras que antes se refrescaban estaban selladas con pegamento. Uno de sus ojos estaba apenas entreabierto e imaginé que estaría soñando de la misma manera que la había observado durante cientos de horas muertas.
Sus pómulos están hundidos y su piel tiene el color del arroz con un poco de azafrán.
Dejo fluir mis pensamientos sin intenciones de reprimirlos ni comunicarlos, una avalancha de obscenidades escatológicas, teniendo en cuenta la situación: los besos que dio y los orgasmos que gritó y las uñas que clavó... Sí, jamás había pensado en todas esas cosas al verla y ahora aparecían tan claras y vivas mientras los jugos se secaban, las funciones dejaban de funcionar y los esfínteres se cerraban cada vez más hasta hacerse polvo.
Alguien me sorprende abrazándome por la espalda y pretende contener mi dolor pero está llorando y yo no y su llanto me contagia mientras siento que una lágrima me pega un tarascón en el ojo.
Salgo a tragar un poco de humo pero el cielo no tiene mejor cara, parece estar sufriendo una severa pataleta al hígado, como si se hubiera atosigado con nubes de grasa y todo parece un gigantesco bloque de paté de foie.
Mi madre me recrimina porqué fumo tanto y me da la orden de acompañar a mi hermana a elegir un ramo de flores. No pongo resistencia y lo hago por inercia como quien no se encuentra en sus cinco sentidos piel adentro.
Nunca creí en las flores. Cada vez que veía un florero lleno también veía pétalos caídos y cálices achicharrados y sentía olores marchitos, la belleza cayéndose a pedazos, el egoísmo de regalar lo efímero y quizás toda belleza sea así de traicionera, pero prefiero creer en la belleza eterna, como en ese invento de la rosa de metal de Arlt.
Otras veces asociaba el florero a un globo de gas con el que jugaba en mi infancia y me quedaba dormido entusiasmado de verlo pegado al techo y al despertar lo buscaría para seguir jugando, pero siempre lo encontraba desinflado y pachucho en un rincón.
Es por eso que todos los años en los que la primavera inaugura su día o cuando las parejas van tomadas de la mano un catorce de febrero y las damas florean sus flores orgullosas, yo regalo semillas o plantas en maceta: si querés ver tu flor ensuciate las manos con tierra y regalá todos los días, trabajá por tu belleza que es tu propia invención y que no puede comprarse y si llega la hora de velarla espero te aprovisiones de las cáscaras de la nueva vida.
Llegamos a la florería en cuestión. “Elijan un ramito lindo” había dicho mi madre. La empleada rebosa alegría y en mi rostro le muestro todas las sonrisas que suicidé ese día.
Nos está dando a elegir y hace la cosa larga, dos de éstas, tres de aquéllas; esas son muy bonitas y están frescas. La parsimonia de esa ceremonia me está enloqueciendo y la empleada no deja de sonreír estúpidamente. Mientras me dedico a odiarla ella parece fortalecer su postura y refregarla contra mi descompostura. Soy un nene rabioso y pretenden someter mi empaco hundiendo mi cabeza en una bacha con agua helada.
Mi hermana no se apura y la deja actuar y yo también, pero callo porque sólo podría insultar. Ahora está pulverizando otro ramo y atándole una cintita, así queda lindo, ¿no?
Desaparezco de escena sin decir nada y mientras espero a que mi hermana salga rápido de allí dentro, postro mi violencia en un escalón y mi vista se marea al ver toda esa alfombra multicolor amputada en baldes. Los colores y las formas se mezclan y creo estar delirando y aprieto los dientes de ira cuando veo a una abeja confundida posarse sobre un clavel.
De poco servía odiar a la muerte y a sus promotores, a la empleada de la florería, al empleado de la funeraria, al cielo que no era celeste y a la abeja equivocada.
Todos hacían su trabajo y yo estaba ahí y no podía revertir nada. La frase de la abuela repiqueteaba contra mis paredones craneales como una pelota en una cancha de paddle abandonada y me di cuenta de que la estaba extrañando.
Me encierro en el baño del velatorio y paso el cerrojo por si alguna lágrima se le ocurría escapar y contar lo que estaba haciendo: llorar, llorar... mis párpados se convirtieron en los trampolines de una pileta olímpica desde donde las lágrimas se tiraban de cabeza y nadaban todos los estilos en mis mejillas y así lloré varios largos ida y vuelta, porque las lágrimas parecían estar disfrutando del deporte de llorar y volvían al trampolín una vez más, a echarse un clavado monumental.
Me iba en lágrimas mientras pensaba que después de todo la abuela siempre había sido compasiva conmigo. Le contaría a todas las enfermeras que su nieto era como la luna porque se quedaba de noche y su nieta como el sol porque trabajaba de día. Y todavía podía enorgullecerse de cosas que yo había dicho o hecho cuando tenía cinco años y siempre me defendía cuando todos me acusaban de vago e irresponsable y me daba monedas para tabaco como si nunca hubieran dejado de ser para caramelos masticables.
Llegan dos empleados de alguna herrería con sus cajas de herramientas y se ganan una rebanada extra por sellar aquel cajón. Están dispuestos uno de cada lado fundiendo algo que parece aluminio en ebullición y después soldarán las coyunturas mientras veo que arrojan relámpagos violetas sobre el rostro de ese cristo tallado en madera.
Me concentro en el último segundo en que la veré, ese instante en el que querré deslizarme al interior con ella, salir corriendo y empujar a esos sujetos y gritarles qué carajo están haciendo, es mi abuela la que está ahí adentro. Pero ya dejé de verla y no me moví un milímetro, los hombres están enrollando cables y hay olor a quemado y todos lloran mientras las ramas más altas de mi árbol genealógico se quedan sin hojas.
(Mi querida hermana Gabriela ofreciendo ejemplares de Indeleble por los alrededores de Tandil, algún momento de 2008)
Hace largos meses que no actualizo éste espacio y la misma cantidad de tiempo lleva mi primer libro esperando reedición (ya llegará, lo prometo) sin embargo, he ido recibiendo bastantes comentarios a través de e-mails, así que aprovecho para compartir algunos de ellos con ustedes...
“Seba! Muy bueno tu libro loco! Recién voy por la mitad y no puedo parar de leer. Muy dinámico tu estilo literario y atrapante sobre todo en las metáforas. Felicitaciones!!”
Alejandro
“Aprovecho para "agradecerte" por regalarnos (al público) "Indeleble"; la verdad una combinación perfecta de emociones y sensaciones. Lo leí todo y me llegó muchísimo...de 1ra! Vamos con la novela que la quiero comprar! Abrazo!”
Federico Ruiz
"Hola como estas? Discúlpame que te moleste pero.....te cuento que estoy leyendo tu libro "Indeleble". Esta muy bueno, escribís muy bien....solo que tanto como condenados y carta a tricky me hicieron lagrimear!!
Eso realmente te paso a vos??
Seguiste escribiendo o solo publicaste ese libro?
Bueno espero no haberte molestado".
Saludos
Marce
"Qué complicado escribir tu dirección! y si alguien o algo se llama así, disculpa mi ignorancia.. y no quiero tardar en presentarme, soy Martina, la chica de la tienda de la ruta que compro tu libro por 10 pesos (en realidad te lo compro mi viejo) y que hoy viajaron por el norte y están retenidas 177 paginas en mi persona... es muy loco ir por Jujuy leyendo partes que nombran a mi barrio, tu barrio... me removió cosas muy lindas.. se valora cuando se esta lejos, cierto? en fin, el motivo de este mail es porque quería contactarme con el autor (así dice en el libro y es muy serio como suena jé) y decirle que su libro es más que un libro, y sus memorias son más que recuerdos, porque rompieron el limite con el tiempo, porque pude vivir lo que viviste... gracias por compartir mi viaje, con tu viaje".
un abrazo,Marti
"No puedo terminar de explicarte el agrado que me resulta leer tu historia y escuchar tus anécdotas sobre los libros, ver el amor con el que hablas sobre ellos... Darme cuenta que todo lo que yo quiero vivir se puede vivir, que es cuestión de salir y hacerlo, jugarse el corazón por lo que uno ama.
¿Cuándo sale la novela? ¿Tenés un adelanto para que podamos ir leyendo los ansiosos? Jejeje.
Te mando un abrazo, gracias por tus palabras" !!
Mariano de María
Sebastián, tenés mi dirección vaya a saber por donde, acabo de ver el video del mar, pispear tu blog y el material subido a youtube de Lejos del Sol.... ..El videitol del mar es bellísimo, .. ya veré la forma de gestionarme un ejemplar de Indeleble (leí el fragmento del viaje al Sur y me ha gustado mucho) y más allá de estos comentarios te quería preguntar puntualmente cómo llegar a Lejos del sol (me gustó lo que está subido a youtube, ese romanticismo de Búsqueda enclavado en esos pibes de nuestro conurbano) Te mando abrazo grande, y MUCHAS GRACIAS
Inés
Querido sebastián
Aunque no creas recién hace unos días terminé tu libro, quiero expresarte mi agradecimiento porque me gustó mucho, tenés una forma muy peculiar de escribir. Como yo conozco el Calafate, pero de los años 80, me divirtió la descripción de ese pueblo con las características que genera una comunidad en plena revolución urbanística y de valores ante semejante crecimiento y que también ese desorden lo viví en Ushuaia, razones por las cuales hoy resido en Nono.
No recuerdo el nombre de tu compañera, enviale cariños y si andan por la zona no dejen de visitarnos, es bueno relacionarme con personas con este alma, besos Silvia. Mejor tarde que nunca, dice el sabio refrán, chau..
Hey! Bueno...hace justo un mes que no actualizo (no se puede con dos blogs, dos fotologs, foros y otras cuentas más sin que internet te chupe por completo tantas horas al día)
La cuestión es que hace casi un año atrás el sueño de mi primer libro editado parecía ser sólo eso...un documento de word grabado en cd. Hoy la realidad me dice que ya son 200 ejemplares vendidos de manera personal, y si me decías que iba a ser así en diciembre de 2007; lo más probable es que me hubiera reído... o no, porque soy un convencido de que todos los sueños y las proyecciones se realizan si tenés el valor de vivirlas de antemano.
De todas maneras, aún me sigue sorprendiendo el destino independiente que puede tener cada libro y a los lugares y a las gentes que te enterás les llega...
El pasado jueves 27 de noviembre se realizó el Primer encuentro provincial de Comunicación alternativa y publicaciones independientes en Posadas, Misiones y allí estuvo también "Indeleble". Gracias Rey Larva, Gracias Sebastián Matías Oliveira, Gracias Fernando Bonsembiante y otra gente de la F.L.I.A que aún no conozco personalmente y que estuvieron allí representando la movida independiente de Buenos Aires. Gracias también por acercar ejemplares de mi libro!!!
En un contexto donde la conectividad nos da la falsa sensación de estar comunicados es necesario que quienes integramos colectivos que sostiene algún tipo de publicación gráfica impresa nos encontremos en persona para debatir la realidad en la que intentamos desarrollar los proyectos editoriales.Apuntamos a compartir experiencias, ideas y frustraciones comunes en el campo de la producción editorial regional y nacional para optimizar tiempo y recursos, conocer y dar a conocer las vivencias particulares de cada grupo para mejorar todos los aspectos de las publicaciones.Vicisitudes cotidianas sobre edición y complejas dificultades estructurales de los espacios de creación artística, producción cultural y transformación social serán algunos de los planteos de esta cumbre de editores de revistas, fanzines y otras publicaciones, desde un lugar donde lo que se dice tiene tanta importancia como el cómo se lo dice.